- Por Alex Noguera
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El loquero comenzó hace días y no lo vimos llegar. No lo vimos, como ese ciego absorto en su tarrito de metal que tintinea botones y monedas de limosna en una esquina. Él es capaz de oír el motor ronroneando de un automóvil cuando el semáforo le guiña luz roja y también cuando su sonido se pierde en el horizonte del silencio. Pero no ve a los enfermos de desesperación que se apretujan en el mercado buscando una ilusoria oferta.
También huele nafta quemada y la distingue del gasoil aceitoso. Ese humo pesado le hace lagrimear, pero no ve a los que le rodean y tampoco esa necesidad compulsiva de comprar regalos antes de que se agote el aguinaldo. ¿Cómo hacerlo si no tiene aguinaldo ni a quién comprarle algo? Solo un flaco perro abandonado comparte su soledad.
Nuestro ciego sabe que la Navidad está cerca. En la calle percibe el dulce aroma de la flor de coco, tan característico del Paraguay y su alma se desgarra cuando las impresiones de su infancia vuelan convertidas en fantasmas o como jirones de su alma en el viento de la nostalgia.
Pero él no ve a los malditos comerciantes que venden cada amarilla flor alargada por 20.000 guaraníes. No ve la simiente desgranándose y caer al suelo estéril, negro de petróleo, ni sabe que cada racimo de flor cercenada representa miles de plantitas que mueren sin haber nacido.
Todos ríen: unos, los vendedores, en coro de carcajadas brindan en la noche su éxito comercial con vino rancio; y otros, los orgullosos compradores de espejos, llegan a su casa con el aroma de la flor que por algunas horas impregnará el pesebre.
Cada vez hay menos cocoteros; abundan los ignorantes vestidos con oropel. Ignorantes que ni saben que por estas fechas hace más de dos mil años los reyes del Oriente habían iniciado su largo viaje para honrar al que nacería para salvar a los hombres. Ellos llevaban regalos en sus alforjas: oro verdadero, pues era el presente indicado para un rey. También cargaban con incienso, que era lo que se quemaba delante de los dioses. Finalmente mirra, que representaba la ofrenda de humildad para recordarle al Jesús hombre que era mortal, ya que era utilizada para embalsamar a los muertos.
Extraños días estos en los que los ciegos ven más que los que ostentan visión. Extraña Navidad que todos festejan y pocos agasajan al de cumpleaños. Extraño el banquete cargado de alegre sidra y pavos impuestos desde lejanas tierras. Extraña la decoración con invisible nieve y personajes fantasiosos que entran en todos los hogares por chimeneas que no existen. Extrañas las mesas rodeadas de comensales preocupados de gente que no está ahí y con la que se comunican como autómatas mediante su tecnología de última generación. Extraña la noche en la que la felicidad se mide por el éxito económico y no por el perdón. Extraños los abrazos cuando llega la medianoche, son fríos y fugaces, son cercanos y sin embargo tan lejanos.
Los petardos anuncian la llegada de la Navidad. Estruendo ensordecedor y humo azul de pólvora quemada contrastan con las estrellas que saltan hacia el cielo delante del telón negro de la noche. Con fuerza el ciego sujeta a su perro que trata de escapar hacia ninguna parte, pero lejos. Esos ojos que ven, miran, observan a los que han perdido su luz y revelan terror. Los ojos que no ven sienten el miedo ajeno y las manos hoscas acarician la escasa pelambre que de mala gana cubre las costillas prominentes.
En medio de la ciudad, en su isla de cartón, rodeados de un mar de gente, los dos náufragos, los dos amigos, el perro y el hombre, se protegen solos de la tormenta de petardos. El ciego se acurruca junto al animal y no lo suelta. Alza la cabeza como un gesto inconsciente para intentar mirar. Y ve. Ve el recuerdo de su madre muerta. Aparece rodeada de luz, y siente su amor. Desde lo más profundo de su ser despierta ese amor de madre que había olvidado. Es tan distinto al que le prodigan las mujeres del cuarto del fondo y del que se dicen sus hermanos, que se burlan cada vez que le acercan un plato de comida.
Su madre está ahí, con él. Puede abrazarla. Lágrimas de dolor y de incredulidad resbalan por sus mejillas maquilladas de polvo. El amor de su mamá atraviesa su cuerpo como las gotas de lluvia la tela de su ropa. No necesita ni de oro ni de incienso ni de mirra. En medio de hipos de emoción confundidos con risa el hombre se convierte en niño y cierra los ojos.
El fuerte llanto de un bebé rompe el silencio absoluto que recibe el amanecer de la Navidad, pero el ciego ya no lo oye. Es que su madre ha vuelto y el milagro se produce. Es capaz de volver a ver. En su isla de cartón, duerme abrazado a su perro. Cuando despiertan, juntos corren por los prados eternos.

