• Por Jorge Torres Romero
  • Periodista

En los Jardines del Vaticano, el Presidente de la República expresa que la Virgen de Caacupé constituye la advocación mariana más querida y venerada por todos los paraguayos. Es la afirmación que ninguno de los que nacimos en esta tierra podemos negar, despojados de nuestras creencias o posiciones políticas. Es una verdad absoluta e irrefutable.

La fiesta mariana del 8 de diciembre de cada año es nuestra mayor expresión de fe, la más popular, la más significativa. Es la manifestación que despierta en nosotros las eternas preguntas existenciales. Es el gesto religioso capaz de movilizar al más incrédulo creyente.

Además de nuestra manifestación de fe, tanto entre católicos, cristianos, creyentes, agnósticos y ateos, reconocemos que allí donde está la imagen de la Virgen de los Milagros de Caacupé, en un mosaico, en una postal, en un calendario, en una cerámica, está expresada nuestra paraguayidad, nuestra misma identidad, esa que nos define y nos remonta a miles de historias muy propias, muy nuestras y muy puras.

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Es un privilegio para todos los paraguayos que la imagen de nuestra identidad esté hoy formando parte de esos jardines que datan de la época medieval. En esas murallas cargadas con una parte de la historia de la humanidad está el mosaico de nuestra Virgen.

"La mujer paraguaya educó a la gente, mantuvo la lengua, mantuvo la cultura y mantuvo su fe. Todo eso lo vemos en esta imagen", dijo monseñor Valenzuela.

Sin embargo, este hecho tan significativo para todos los paraguayos y la identidad de nuestro pueblo, no mereció ni una línea en la portada de algunos diarios y conste que cada 8 de diciembre se presentan como los medios que acompañan al pueblo que camina, con despliegues, campañas y coberturas, que quizá ahora creo, lo hacen por una mera estrategia de marketing y no por un profundo respeto a los miles de paraguayos que manifiestan su fe.

Ese "ninguneo" no fue un pase de factura para el mandatario de turno, con quien podrían estar molestos, con razones o sin razones, fue una absoluta falta de respeto a la historia, la tradición y la fe de un pueblo eminentemente mariano.

Es el reflejo de lo que realmente importa a quienes se presentan como los defensores de las grandes luchas y causas populares, les importa sus intereses, sus negocios, sus propias ideas para pretender influenciar en la opinión de la gente.

La encarnizada campaña electoral nos impide ver la realidad en todos sus aspectos. La politiquería nos obnubila y evita que valoremos aquello que es esencial para todos. Nos ha pasado siempre a lo largo de nuestra historia, antes que cabalgar sobre las cuestiones que nos unen como la cultura, la tradición o la fe, nos empeñamos en puntualizar y remarcar nuestros defectos y desaciertos.

En la política se celebra cuando a un gobierno de turno le va mal, porque el adversario eventual lo ve como una oportunidad de posicionamiento sobre los errores ajenos, cuando en verdad, si pasa eso, a todos nos va mal, no solo a los administradores ocasionales. El Paraguay va a sobresalir cuando todos miremos y potenciemos las cosas que nos unen, cuando valoremos nuestros logros, sin importar el color de quien lo hizo. En períodos electorales vale observar quién o quiénes nos pueden conducir a potenciar lo que ya hemos logrado o no. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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