• Por Marcelo A. Pedroza
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El cuerpo de alguna manera expresa lo que siente. La sociedad en su conjunto hace lo suyo, y en la exposición yace la diversidad de lo que percibe y de lo que emociona. En el colectivo somático hay razones con cicatrices y con esperanzas, hay pasado y hay futuro, hay imágenes imborrables y visiones loables. En su todo complejo reside el presente, que es lo que le ocurre al organismo en este tiempo. Lo corpóreo está unido a los sentimientos que se despliegan en cada ser, que repercuten en la enorme escala social emotiva. Entonces hay sensaciones que duelen de formas invisibles, pero están entre todos y necesitan atención. Van más allá de lo físico, han calado tanto que se transforman en síntomas somáticos médicamente inexplicables. Estos se caracterizan porque se desconocen las causas que los ocasionan. Aunque cada teoría esboza hacia los mismos sus argumentaciones, lo cierto es que hay profundas historias que requieren ser valoradas.

Al expresarse lo que se quiere se extienden sensorialmente los compromisos entre quienes se hacen eco de lo manifestado. Por lo tanto, no podrán decir no lo vi, no lo escuché, no lo toqué; sí podrán activarse las vocaciones dispuestas a servir, las que se propongan al menos hacer disminuir las reiteradas palabras que indican desazones y que anhelan realizaciones. La imposibilidad de transmitir un sentimiento de alguna forma duele y, ante lo consumado, queda la voluntad herida, lo que ocasiona el deber de comprender que unos y otros forman la comunidad, y que nada puede pasar sin ser atendido. En cada hecho hay un llamado a la sociedad comprensiva, la que también necesita hablar, soñar y crecer. Los estímulos se retroalimentan en cada ocasión y el circuito no tienen fin, lo que representa conductas que responden, que se destacan, que acompañan y se cuidan entre sí. Se impulsan y se atreven a continuar.

El resultado tiene un origen. Mucho se puede recorrer para entender un comportamiento que no puede ser dimensionado en palabras. Es la expresividad de las acciones la que puede simbolizar la interioridad del querer. El impulso es interno, propio y demandante de actuaciones constantes, lo que acarrea interrelaciones por doquier y habilita a la etapa de las contenciones múltiples, de las ideas en permanente retroalimentación, que le dan nacimiento a la sociedad que cobija. Ahí cada uno puede intervenir, colaborar, dar su pauta constructiva, como también descubrir las raíces de las falencias que lo aquejan o, al menos, disponerse a recibir ayuda; todo forma parte de la majestuosidad del ser humano. Una de las formas que contribuyen a dicha esencia es la de percibir y considerar al otro con admiración. Y uno de los medios para hacerlo es el de comprenderlo como tal, lo que indica buena voluntad. Y, si ella hace su parte, el cuerpo naturalmente busca su equilibrio.