• Por Antonio Carmona
  • Periodista

La primera marcha campesina en el Paraguay que se recuerda bajo condiciones democráticas fue histórica, tras el trascendental sanblasazo. Los que habían estado condenados al exilio interior, perseguidos y torturados y asesinados cuando trataban de hacer llegar sus reclamos al "centro del país", que en aquel entonces terminaba en Calle Última, porque no podían pasar de allí los que estaban del otro lado, marcharon en una inédita e insólita marcha sobre Asunción. Llegaron, si mal no recuerdo, ya entonces al Seminario Kue, y partieron de ahí ocupando parte de las calzadas que recorrían, sin interrumpir el tránsito, sin molestar a la ciudadanía, más allá de la inevitable congestión que produce una marcha multitudinaria.

Los asuncenos, que la esperaban con angustia, la recibieron con júbilo. Fueron muchos los que fueron a llevar vituallas y apoyo.

Fue una jornada histórica como lo escribí en ese entonces y lo recuerdo hoy, una jornada inaugural de la democracia. Los paraguayos hasta Calle Última y los de tierra adentro, los del Paraguay visible y los del Paraguay profundo, se encontraron y se reconocieron. Aunque ya lo hemos olvidado… ya sabemos que la desmemoria es uno de los peores males del Paraguay; fue un acontecimiento histórico: por primera vez los campesinos marchaban sin represión, con los espacios y los medios abiertos a su presencia. La ciudadanía concurrió al Seminario Kue a llevar vituallas, a dar aliento; los chokokue marcharon sin interrumpir siquiera el tránsito ni lanzar amenazas, haciendo presencia, reclamando su pertenencia y sus derechos. Los partidos políticos los acompañaron, los medios les dieron un gran espacio informativo. Era como el descubrimiento del nuevo viejo mundo del Paraguay histórico, el oculto, el reprimido, el que no tenía voz ni voto, sino condena al silencio. El de los Karupokã de Correa, que saltaron del Teatro Municipal, en el que tuvieron de la pluma del gran dramaturgo guaraní, su presencia pública en la capital, después de haber combatido mil batallas, hasta la victoria del Chaco.

Era un día triunfal, sin el más mínimo atisbo de violencia ni de confrontación, de encuentro entre compatriotas, de hermanos separados por la segregación y la discriminación de las tiranías.

Desde aquél entonces hasta hoy casi año a año se han sucedido periódicamente estas marchas, con la precisión, diría Hérib Campos Cervera, de las constelaciones.

Ha habido más o menos conflicto, pero fundamentalmente un alto nivel de reivindicación de los campesinos, de esos trabajadores sin derechos ni previsiones, sin garantías y sin seguridades.

Escribo hoy ante el asombro de esta nueva marcha, probablemente tan justa y necesaria, ya que el campesinado tiene siglos de atraso en derechos y reivindicaciones, como en los tiempos que denunciaban Barrett, Correa o Roa, pero ante una realidad diferente, una circunstancia de reivindicación más violenta, tal vez promovida por políticos que de nuevo vuelven a querer manipular las protestas campesinas y sus reivindicaciones, que incluso llegan al extremo degradante de ir públicamente a mostrarse y jactarse dando "limosnas" miserables, sin duda con la intención aviesa de luego cobrar los réditos en votos.

No son los aportes ciudadanos anónimos, desinteresados de aquellas primeras marchas, de la confraternidad ciudadana de llevar vituallas para la olla popular, para los gastos y los desgastes de la marcha y la presencia reclamando que existían de su parte y que eran bienvenidos de parte de los de Calle Última para acá. Era un proselitismo limosnero de políticos en campaña, convirtiendo en mendigos a los reclamantes, que no son ni quisieron ni quieren ser mendigos, sino ciudadanos; limosneros que se hacen ver en público, no sin que una mano ve lo que la otra da, sino, por el contrario, mostrando ante las cámaras pornográficamente, que están dando limosna a cambio de votos, a cambió de reclamar conflicto, de enviar a los limosneados al frente para pescar votos en el río revuelto.

Es una dramática y retardataria encrucijada que el tiempo, en vez de avanzar, atrase. No es un problema de los campesinos. Es un problema de la sociedad. Solo que hay sectores de la sociedad, y lamentablemente en las dirigencias políticas, que con tal de mantenerse en sus carpas de poder, prefieren campesinos mendicantes a aquellos que reclaman derechos.