• Por Esteban Aguirre
  • @panzolomeo

Era un tarde como cualquiera, el dueño de aquella olvidada empresa intentaba poner en marcha el corazón de un oxidado pedazo de metal que alguna vez produjo el combustible para el motor humano: Mosto de caña dulce, que luego de algún tiempo de "adolescencia" (como me dijo don Fermín) encontraría su forma de convertirse en alcohol y eventualmente en historias de sedientos bebedores.

En lo particular, mi cabeza corría detrás de una noción que había leído en algún tiempo reciente. Un concepto desarrollado por G.I. Gurdjieff al que los ingleses llamaban "The way of the sly man" (La manera o forma del hombre astuto), que básicamente propone el profundo análisis de lo interno y externo como caminos a encontrarse a uno mismo en el proceso de soltar ambas nociones. Una especie de eterno presente mejor entendido como una celebración del momento, del ahora. Para sintetizarlo en un brindis, levantá la copa y simplemente decí: "¡Que hoy sea siempre!… ¡Salú!".

"Yo hago caña", frase que repentinamente me sacó de mi viaje al interior; algo aturdido miré a don Fermín con cara de "me repite la pregunta". Con una amable sonrisa nuevamente exclamó: "Yo soy el que hace caña". Respondí con curiosidad, apuntando a la aún silenciosa maquina: "Ah ya, ¿vos procesás la caña con ese aparato, don?". Entre sonrisas, y con una mirada cómplice a su mujer, simplemente apunto al campo que yacía detrás suyo, un campo repleto de caña de azúcar, todas rubias gemelas gimiendo en el sol de la siesta de aquella ciudad llamada Monje Cué.

"Yo soy agricultor, yo soy el que las planta", decía con orgullo, y casi leyendo mis pensamientos me regaló algunos valiosos consejos, "el secreto está en el abono, algunos solo ponen la bosta de la vaca, pero yo además de eso…", agachándose a levantar un poco de tierra, "también le pongo el abono que me regalan mis gallinas".

Sentía la misma familiaridad de estar recibiendo una receta secreta, una técnica guardada en años de misterio familiar, casi veía a don Fermín y su perro mimetizarse con todas aquellas escocesas historias de ancianos y sus perros ovejeros que cuidan las guaridas de las barricas de aquellos single malts, que contenedor tras contenedor alegran nuestras afortunadas fiestas, y por un momento sentí una extraña conexión. Una conexión a nuestra tierra, nuestros ingredientes, nuestra historia y la propia "agua de vida" del Paraguay: la caña.

"Y contame, don Fermín, cómo sabés que salió bien tu caña?", mirándome serenamente este añejado trovador del campo simplemente levantó un dedo a la boca, solicitando un segundo de silencio, el hermoso sonido de la madera de las cañas bailaba generando un arrumaco que casi describía un viejo bote durmiendo al cariño del agua. "Por el sonido de mi siesta, así es cómo sé que todo va a estar bien… por el sonido de mi siesta".