• Por Alex Noguera
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Una cruda realidad de este ancho mundo es que aquella persona que ha comido se olvida de la que tiene hambre. Eso lo podemos ver en muchos aspectos, no solo en el alimenticio. El ciudadano que consiguió trabajo deja de solidarizarse con el vecino desempleado, al jefe le parece que su subalterno gana lo suficiente y es a él a quien deberían aumentarle su sueldo, el político que logró acomodarse en la lista no se preocupa de sus votantes, el que tiene coche nuevo salpica al que espera colectivo. Esta realidad también alcanza al sistema de pago de la basura, que habría que analizar más detenidamente.

Como decía, en este ancho mundo vive un ciudadano X. Trabaja como muchos. Come como muchos. Se plaguea más que muchos. Tal vez por eso, como un pararrayos, los vecinos se le acercan para descargar sus frustraciones.

Es así que hace poco un furibundo contribuyente de cierto municipio inició un tema de conversación que para X no era trascendente: la basura. Hasta ahora, la única queja que X tenía era que cada año el precio del canon por la recolección de desechos aumentaba sin que pudiese evitarlo, ni entender el porqué.

Mientras que él quería que le explicaran por qué debía pagar más cada año, otro vecino consideraba el monto exagerado "porque solo pasaban dos veces a la semana". También estaban los que se quejaban porque el camión recolector no llevaba ciertos desperdicios y se preguntaban qué debían hacer con esas porquerías que dejaban. ¿Tirarlas en el raudal cuando lloviera?

A X no le preocupaban esas cosas. Comía y no le importaba el hambre de los demás; es decir, un vehículo recogía sus bolsas a las 5:00, religiosamente, frente a su casa, como magnífico arte de magia. Basura está. Basura ya no está. Basura desapareció.

Sin embargo, el contribuyente que en esta ocasión se le acercó, de tan generoso compartía sus más sucias cuitas. Resulta que para él, el problema no era la recolección, sino el sistema de pago.

Explicaba que la electricidad, la tarjeta, el agua, el cable y todos aquellos servicios formales enviaban –como debe ser– su factura al buzón y si eran o no pagados quedaba a cargo del dueño de casa. Y si este no estaba, al llegar revisaba el correo y tomaba las providencias del caso. Las pagaba todas juntas si tenía dinero, cumplía con las más urgentes si estaba "apretado", pero siempre él decidía qué era lo que más le convenía.

El caso de la basura era totalmente distinto. La empresa –cómodamente tercerizada por la municipalidad– enviaba a un malhumorado cobrador que si después de tocar el timbre dos veces y golpear las manos no era atendido, perdía la paciencia y se escabullía con su moto hacia su siguiente víctima.

La empresa de basura no envía la factura. El cobrador obliga al contribuyente a pagarle el monto que él le dice en el momento en el que él se presenta de sorpresa. No tiene día ni hora. Solo aparece y extiende la mano hacia el bolsillo ajeno. Y el contribuyente no puede decidir si pagar o no. Debe hacerlo. Por más que esté "apretado".

Este amable vecino le decía a X que le había llegado un papel, sin timbre, impreso en papel común, con la firma de no sabía quién y un sello gastado que no se entendía si era de la municipalidad o de un circo, en el que le notificaban que en 10 días debía ir a abonar los 5 meses atrasados (más la mora) o le amenazaban con "instancias judiciales".

Se sentía indignado. Primero, porque "su municipalidad" permitía que un tercero le tratara de moroso. Segundo, porque nuevamente esa empresa decidía cuánto y cuándo debía esquilmarle. Tercero, porque era injusto que tuviera que pagar demás "por mora" porque el sistema de pago de la firma no deja factura en el buzón. Cuarto, finalmente él debe hacer el trabajo del cobrador e ir hasta la propia empresa. Eso le enfurece, sobre todo porque nadie puede asegurarle que el cobrador pasó por su casa. Imagina que el desfachatado motero se la pasa bebiendo cerveza con sus amigotes y al final del día presenta la planilla en la que informa que el dueño de casa no estaba.

Luego de unos segundos, avergonzado, confiesa: "Hasta se me ocurrió ir a esa empresa con un escribano, pero en domingo. Que quede constancia de que fui a pagar y que ellos no estaban, como ellos hacen".

X reflexionó. Cuando uno come debería pensar en el que tiene hambre. La municipalidad no puede desentenderse de su responsabilidad. Debe obligar a su concesionaria a actuar de manera limpia y no como un informal macatero. Pequeñas cosas hacen luego una catarata de desgracia. No es bueno abusar de la gente.