Es increíble lo que logra la mente humana al servicio de la ciencia y el progreso.
A una le maravillan esas cosas, así como enterarse de que un joven de 30 años, que ha sido padre hace pocos días, sonríe lleno de vida gracias al corazón de otro que le fue trasplantado hace unos días. Este joven hombre vivirá muchos años y será uno de los más felices que conozcamos, gracias a la ciencia que logró ganar la batalla contra la muerte segura a la que estaba destinado por una enfermedad. En su pecho late la vida arrebatada a la muerte que se llevó a otro joven cuya familia, en un acto maravillosamente inspirador, donó los órganos que les devolvieron la vida a varios pacientes que aguardaban el milagro y encontraron la respuesta de manos de hábiles cirujanos.
Otros aguardarán hoy otro tipo de milagros. Los que dicen que hace el popular San Cayetano, a quien los devotos católicos le pedirán, rezando, el trabajo que no tienen o la certeza de no perder el que sudan a diario.
Es que el mundo a diario nos sorprende con detalles curiosos; con maravillas de la ciencia capaz de llevarnos a otros mundos y también con la belleza de los actos de mucha gente que es capaz de comprender la trascendencia de la vida y dar lo mejor que tiene en beneficio de todos.
Pero este mismo mundo que nos maravilla también es capaz de mostrarnos su lado más oscuro. Y en el mismo día en que nos enteramos de las proezas de le ciencia, nos sorprendemos con la actitud enferma y brutal de alguien que entra a un templo y dispara balas matando a gente inocente, o conocemos la triste historia de tres niños abusados supuestamente por un adolescente al que llaman “inadaptado” porque se ha pasado la –corta– vida entrando y saliendo de prisión.
Y así descubrimos de lo que somos capaces también los seres humanos. De las maravillas más grandes y de los hechos más absurdos y brutales. Y estamos de pié, aplaudiendo al atleta que es capaz de superar la velocidad del viento para quedarse con el oro olímpico o nos quedamos absortos ante la tragedia de quienes padecen cada día el castigo de la violencia.
El mundo en el que vivimos hoy tan conectados unos a otros por los hilos de la red, pero tan lejanos como si estuviéramos desterrados cada uno en nuestra propia isla, se convierte a veces en este lugar hostil en donde millones de personas deben luchar con fuerza de titanes para llevar un poco de pan a la boca de sus hijos, al tiempo en que otros derrochan sinrazón y se llenan el alma de vacíos incurables.
Como en una nave cuyo rumbo se desvía, salta y oscurece a causa de su tripulación, expuesta a los sacudones, nos acostumbramos a tolerar más las tragedias que las alegrías, a reflejar lo oscuro de nuestra parte humana que a alimentar lo que tenemos de claridad y esperanza.
Es un mundo de contrastes –me digo a mí misma una frase gastada– capaz de mostrarnos la belleza de un salto olímpico casi perfecto o sacudirnos ante la imagen de cadáveres regados en las calles. Mientras alguien se desvela por restaurar la vida y la salud de un enfermo, encerrado durante horas en un quirófano, alguien estudia la manera de causar el mayor daño posible en un atentado.
Mientras el Curiosity “dispara” instantáneas de Marte, alguien aprieta el gatillo que acaba con la vida de otros.
Y da alegría a veces y también da temor, saber que los humanos somos capaces de la maravilla y también del espanto.