José Cantero
Editor de FOCO
En el ámbito de la política, el populismo es un sistema que apela al “pueblo” como fuente de poder. Los hay de derecha y de izquierda. Por lo general, está basado en la capacidad carismática del líder en crear “buenos” y “malos” en una sociedad, con la obviedad de que él siempre pertenece al equipo de los buenos.
Sin disputa social no hay cabida para el populismo. El odio, la descalificación y la exclusión también son condimentos que hacen a este sistema político.
Pero todo esquema político requiere de un fundamento económico. El populismo no es la excepción.
Tradicionalmente, la injerencia del populismo en la economía era en el ámbito macroeconómico.
¿Cómo funcionaba este sistema? Se trata de un esfuerzo por llevar al crecimiento económico por encima de las restricciones que impone la macroeconomía. Consistía en utilizar a la política fiscal y monetaria expansivamente, por encima de la capacidad instalada del tejido productivo.
El exceso de gasto fiscal, para privilegiar ciertos sectores económicos y sociales, no tarda en resultar en el abultamiento del déficit del gobierno. Dicha brecha se financia con emisión de dinero proveniente del banco central, que al poco tiempo espolea la inflación, llevando a los precios a niveles siderales (hiperinflación), debilitando la capacidad productiva, hasta la quiebra misma. El final de esta aventura es la recesión y el desempleo.
Los países han comprendido que jugar con la macro es como jugar con fuego. Este aprendizaje no quiere decir que el populismo esté muerto, sino que más bien ha mutado a formas más sutiles. Este sistema está vivo en ciertos países de la región, pero bajo otro ámbito; en el campo microeconómico.
El populismo microeconómico es tan dañino como el macro. Bajo este sistema la injerencia es más puntillosa. Por ejemplo, se otorgan subsidios sin condicionamiento a ciertos sectores. Una práctica común es imponer retenciones a sectores productivos exitosos. También se establecen restricciones en la operativa de ciertos mercados, fijando techos de precios. El mercado cambiario también es sujeto a controles, y la importación de ciertos productos es restringida.
Con tantos controles, restricciones y prohibiciones en los mercados, este tipo de populismo termina socavando la competitividad microeconómica, es decir, fulmina la capacidad productiva de las empresas.
Tarde o temprano, el populismo microeconómico tiene el mismo carácter destructivo que el macroeconómico; inflación, salida de capitales, devaluación, recesión, y pobreza.
En América Latina, el populismo económico no está muerto, sino que tiene otras formas más sutiles de actuación. Comprender su nueva dimensión es esencial para no caer en esta trampa de insensatez.
“Tarde o temprano, el populismo microeconómico tiene el mismo carácter destructivo que el macroeconómico; inflación, salida de capitales, devaluación, recesión, y pobreza”.