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Una ópera ordinaria

por Claudio Paolillo (*)
 
En el cine, el teatro y los espectáculos musicales hay protagonistas principales, artistas de reparto y personajes cuya prescindencia no alteraría la esencia de la obra. Hay estrellas a las que la gente va a ver y “teloneros” que “rellenan” el espectáculo como los preliminares del fútbol, disputados con escaso público antes del juego por el cual la gente paga la entrada. En particular, en las óperas existe la figura del partiquino. El partiquino es el cantante que ejecuta un fragmento muy breve de la ópera o de muy escasa importancia. 
Miercoles, 11 JUL 2012 - 02:00  |  
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El gobierno del presidente José Mujica es, desde el 1 de marzo de 2010, partiquino de “La ordinariez, el ridículo y la prepotencia”, una ópera de momentáneo éxito que protagonizan desde hace dos lustros Hugo Chávez y Cristina Kirchner. En esta obra, Rafael Correa, Evo Morales y, cuando lo invitan, Daniel Ortega, son aplicados artistas de reparto que complementan con evidente placer el guión, escrito y adaptado en La Habana, Caracas y Buenos Aires. A Mujica le reservaron el papel de partiquino, que ejecuta con aires de estrella porque los verdaderos protagonistas explotan su humano (y soterrado) ego. Hugo y Cristina se dieron cuenta de eso y lo aprovechan aplicando aquel refrán según el cual “al bobo hay que decirle que es ligero para que corra”. 
 
Hay otros artistas más o menos vergonzantes (Dilma Rousseff, Sebastián Piñera, Juan Manuel Santos y Ollanta Humala) que van a los ensayos, les palmean el hombro a los protagonistas de esta obra que les importa poco y que saben mediocre, y cuando suena el timbre, son los primeros en huir del teatro para continuar, como si nada hubiera pasado, con los espectáculos en los que sí les interesa actuar, completamente al margen de la mentada “patria grande” y de la inexistente “integración latinoamericana”.
 
Todo es muy vulgar y tosco. El elenco de autodenominados “líderes regionales” le pasó por arriba al pobre Paraguay –a su Constitución, a sus leyes, a su Congreso y a su Poder Judicial– para defender a Fernando Lugo, un presidente caído en desgracia en su país como antes lo fueron Fernando Collor en Brasil, Fernando de la Rúa en Argentina, Gonzalo Sánchez de Losada en Bolivia, Silvio Berlusconi en Italia o Richard Nixon en Estados Unidos. Como Lugo era miembro de este “club de presidentes” que se creen reyes y, por tanto, más legítimos que los miembros de los otros dos poderes del Estado (el Legislativo y el Judicial), su destitución –constitucional y legal, aunque rechine la velocidad del proceso– era intolerable. Los pequeños “monarcas” sudamericanos decidieron que había llegado la hora de intervenir en los asuntos de Paraguay, aislar a su nuevo gobierno legal y denostarlo en todo lo posible. 
 
Como todo lo que hicieron fue ilegal y arbitrario, violando las propias normas de ese sello de goma llamado “Mercosur”, no se animaron a echar a Paraguay de los “organismos de integración” –así les llaman a todas las siglas que inventan con fruición– y sólo lo “suspendieron”.
 
Pero el último episodio de este bodrio artístico fue de una suprema ordinariez. Aprovechando la “suspensión” de Paraguay dispuesta por el propio club de intocables, y a sabiendas de que el Congreso de ese país era el último escollo que quedaba para que el régimen despótico de Hugo Chávez ingresara al “Mercosur”, decidieron mientras marginaban arbitrariamente a Paraguay, incorporar a Venezuela –a este gobierno de Venezuela, corrupto hasta el tuétano, violador de derechos humanos, enemigo implacable de la libertad, sepulturero del principio de la separación de poderes y firme aliado de satrapías como las de Cuba, Irán y Siria– como miembro pleno del sello de goma a partir de este mes. Fue un canto al garronero: el club se aprovechó, con menos astucia que abuso, de la circunstancial ausencia del “piojo” pobre y molesto, y metió por la ventana –también ilegalmente– al matón rico, que reparte a manos llenas la plata del pueblo venezolano entre sus “socios” de ocasión, comprándolos a ojos vista. 
 
Se trata, pues, de un club de pretendidos “reyes”, garroneros y baratos.
 
La situación en que queda Uruguay después de este sainete es mucho peor que la de cualquier otro país. Argentina se ríe de algo que desconoce: el imperio de la ley. Es socia de Chávez e hizo su negocio. El “eje bolivariano” (Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua) se llevó lo que fue a buscar. Chile, Perú y Colombia están por fuera de todo este tinglado y, por más fotografías, sonrisitas, palmoteos y saludos a las cámaras, continúan despegándose del resto con economías pujantes y democracias razonablemente sólidas. Abdicaron, es verdad, de asumir la defensa del derecho y de la libertad en la región. Pero en este tiempo de tanto relativismo moral, tan poco les importa el asunto que han de pensar que no vale la pena gastar pólvora en chimangos. 
 
Brasil siente el llamado de su vocación imperial y nada le cuesta aplastar a los “hermanos” paraguayos, como lo ha hecho siempre. Y, mal que bien, Paraguay soportará esta alcaldada y dentro de poco tiempo volverá a ser aceptado, sin necesidad de sacudir barro de sus rodillas.
 
Uruguay perdió en toda la línea. Hipotecó la única fuerza que un país de sus características tiene en una región donde es el más pequeño: la reivindicación a rajatabla de las normas del derecho internacional, la sujeción irrestricta al principio de no intervención, el respeto a la libre autodeterminación de los pueblos y el profesionalismo de su política exterior. Puso en práctica, irresponsablemente, su gran “política de Estado” que consiste en aplicar a todas las cosas la malhadada frase del presidente “como te digo una cosa, te digo la otra” –que puede funcionar, sólo durante un tiempo, dentro del Uruguay, pero que tiene patas muy cortas a nivel internacional– y debilitó la imagen del país en la región y en el mundo, como un lugar donde impera la seriedad y la ley. No tuvo el coraje para, al menos, abstenerse ante el atropello evidente.
 
El presidente partió de Montevideo “diciendo una cosa” (quiero salir de la trampa del Mercosur para tener la chance de comerciar libremente con el mundo) y volvió de Mendoza “diciendo la otra” (suspendimos a Paraguay, que es el más parecido a nosotros entre este grupo de tiburones, y metimos a Venezuela, que se opone al comercio libre porque eso lo promueve el “imperio” y el capitalismo y Chávez quiere el “socialismo”).
 
Y basta de repetir la tontería de que el gobierno de Mujica es “desprolijo” y que “no tiene rumbo”. No es verdad. Lo tiene y bien definido. Mujica, libremente y sin que nadie lo presionara, cambió radicalmente desde que asumió hace 28 meses la política exterior uruguaya. Le puso, por propia voluntad, la “marca K”: se alineó casi incondicionalmente al kirchnerismo gobernante en Argentina, se entregó a las alianzas con los populismos autoritarios de América del Sur, mantuvo una callada hostilidad hacia Estados Unidos e Israel, así como un silencio cómplice respecto a la dictadura teocrática de Irán y demás tiranías del Medio Oriente, apostó al comercio cerrado entre los “amigos progresistas” y enterró la idea de un Uruguay “a la chilena”, abierto al mundo, aunque diga lo contrario.
 
También es su responsabilidad haber hecho trizas, en pocos meses, una política de Estado seria, liderada por el ex presidente Tabaré Vázquez y apoyada por todo el sistema político y por la inmensa mayoría de los uruguayos, para hacer respetar la dignidad del Uruguay ante el kirchnerismo, un movimiento prepotente, patotero, corrupto y enemigo de los intereses del Uruguay, aunque todos los días proclame su “amor fraternal” por nosotros. Los hechos –los “porfiados hechos”, diría el general Líber Seregni– demuestran todo esto con mucha claridad.
 
En Mendoza, con cierta vergüenza, el presidente Mujica pretendió justificar el ilegal ingreso de Chávez al Mercosur por… ¡la presión que sentía él de quienes venden pollos a Venezuela! Debería darse una vuelta por la escuela de Rincón del Cerro cuando los chiquilines cantan el himno a Artigas. ¿Cómo era aquello? “La patria de mis hijos, no venderé ¡oh, tiranos!, al precio miserable, de la necesidad”. ¿Ya no le importa nada?
 
Esta semana, cuando el mal ya había sido hecho en Mendoza, el canciller Almagro recorrió las radios y los canales de televisión en Montevideo argumentando que aquello había sido decidido por Brasil y Argentina, que Uruguay entendía que no era el momento para el ingreso de Venezuela, que no tuvo más remedio que aceptarlo y que todo fue parte de la “realpolitik”. Tres cosas a eso: 1) Las presidentas de Brasil y Argentina pueden hacer lo que quieran; el presidente de Uruguay también. Si de verdad entendía que “no era el momento”, bastaba con decir “no”. Pero no lo hizo; 2) No es cierto que Uruguay tuvo que ceder a alguna presión. La inclusión de Venezuela en el Mercosur es una propuesta del gobierno de Uruguay, que comenzó a gestarse durante la administración de Tabaré Vázquez y se consolidó con fuerza en lo que va del actual período. En otras palabras, el Frente Amplio deseó siempre que Chávez entrara al Mercosur y así lo ratificó esta semana, por unanimidad, la flamante Mesa Política presidida por la senadora 
Mónica Xavier; 3) La “realpolitik” –que en esencia mira supuestas necesidades inmediatas y concretas, desatendiendo el “deber ser” y los parámetros éticos– siempre existió y existirá en el mundo. Pero, ¿es necesario llegar tan bajo? ¿Cualquier cosa es válida en su nombre? ¿Dónde están los límites? ¿Hay alguno? ¿Cuáles son? Y si, encima, la “realpolitik” va en desmedro de los intereses del Uruguay, ¿cuál es el mérito de la “realpolitik”?
 
Este nuevo enredo en que ha quedado entreverado Uruguay deteriora, aún más, la imagen internacional del país. El presidente y su canciller, responsables por el diseño, la dirección y la ejecución de la política exterior, le están provocando al Uruguay un daño innecesario, que será difícil revertir.
 
Van 28 meses de gobierno y, después de un comienzo alentador, parece que no hay caso: el que nace pa’ maceta no sale del corredor.
 
(*) Claudio Paolillo es director del semanario Búsqueda, de Montevideo, Uruguay.

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