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De cómo los marxistas terminan en fascistas

Enrique Vargas Peña

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El grupo de partidarios del racismo y del autoritarismo que nos gobierna, encabezado por Fernando Lugo, ha resuelto apretar el acelerador a fondo, para intentar imponernos su programa de segregación, intolerancia y concentración del poder.
Domingo, 29 ENE 2012 - 02:00  |  
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En Wikipedia, y en cualquier biografía mínimamente seria referida a su vida, se pueden obtener datos sobre la activa y prominente militancia marxista del célebre dictador italiano Benito Mussolini (http://bit.ly/9HPSpE).

Mussolini se unió al socialismo marxista en 1903, mientras trabajaba en Suiza y, desde entonces, realizó una meteórica carrera en el Partido Socialista Italiano (PSI).

El Partido Socialista Italiano había sido fundado en 1892, en el marco de la efervescencia marxista de finales del siglo XIX (http://bit.ly/aMjHVg). Desde su incorporación, Mussolini lideró, junto a otros, su ala de extrema izquierda, los “Maximalistas”.

Los Maximalistas de Mussolini fueron los que expulsaron a los revisionistas social-demócratas del PSI en el Congreso Extraordinario de Reggio Emilia de 1912, dando al partido la dirección radical que tuvo hasta después de la Primera Guerra Mundial.

Resultado de su exitoso ataque a los “revisionistas”, Mussolini fue nombrado director del órgano oficial del PSI, “Avanti”, cuya circulación elevó de veinte mil ejemplares diarios a cien mil ejemplares diarios. Antes había dirigido con éxito semejante los periódicos marxistas “El Futuro del Trabajador” y “Lucha de Clases”.

Como en el caso de quienes acompañan a Fernando Lugo desde sus tiempos de obispo de San Pedro, una reivindicación nacionalista fue la causa de la conversión de un prominente socialista en un prominente fascista.

La segregación que sufrían los ítaloparlantes de Trieste (ciudad actualmente italiana pero entonces bajo dominio del Imperio Austro-Húngaro) fue la causa de la conversión de Mussolini de líder socialista a fundador del fascismo.

Y con Mussolini, literalmente millones de socialistas italianos se convirtieron en fascistas.

Aunque Mussolini intentó hacer ver al PSI la conveniencia de atacar el carácter reaccionario y represor del socialismo de los Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría y Turquía) al inicio de la Primera Guerra Mundial, perdió apoyo interno y el partido mantuvo su línea favorable a la neutralidad.

Mussolini no era original en esto. Seguía la línea trazada por las bases proletarias del PSI, lideradas por “los sindicalistas revolucionarios Alceste De Ambris, Filippo Corridoni y Angelo Oliviero Olivetti” (http://bit.ly/y1iP6n).

Y para alentar a sus camaradas en oponerse a la dirección del PSI, renunció a la dirección de “Avanti” y fundó el periódico “Il Popolo d’Italia” y el “Fasci Rivoluzionari d'Azione Internazionalista” (Fascio Revolucionario para la Acción Internacional), donde la palabra “fascio” tiene el significado común que le daban los italianos en ese momento: liga (“De ligar...6. f. Agrupación o concierto de individuos o colectividades humanas con algún designio común”).

Aunque llegó a criticar duramente algunos elementos del marxismo, Mussolini jamás abandonó muchas de sus propuestas:

“Si el siglo XIX fue el de los individuos (el liberalismo implica individualismo), nosotros somos libres de creer que este es el siglo del colectivismo, y en consecuencia, el del Estado”.

“La concepción fascista del Estado es totalmente abarcante; fuera de él no pueden existir valores humanos o espirituales… Así entendido, el fascismo es totalitario, y el Estado fascista –una síntesis y una unidad de todos los valores– interpreta, desarrolla y potencia toda la vida del pueblo”.

El fascismo está definitiva y absolutamente opuesto a las doctrina del liberalismo, en las esferas política y económica. El Estado fascista reclama regir en la economía no menos que en los demás campos…”

Son extractos de “La Doctrina del Fascismo” (http://amzn.to/xKzbIB), obra madura de Mussolini (1932) en los que se observa fácilmente su persistente inspiración marxista.

Haciendo el simple ejercicio de borrar de los mencionados textos las palabras “fascismo” o “fascista”, estaremos leyendo textos que les hemos escuchado en reiteradas ocasiones a Sixto Pereira, a Aníbal Carrillo Iramáin, a Eulalio López, a José “Pakova” Ledesma y, por supuesto, a Fernando Lugo, el jefe de todos ellos.

Eulalio López ya mostró, en la entrevista que le hice el martes 24 de enero en la 9.70AM –cuyo audio sin editar se puede escuchar en (http://bit.ly/wS8sU3) y que fue testimoniada en ABC (http://bit.ly/ypqNij) y en Ultima Hora (http://bit.ly/wS8sU3)- que los colaboradores habituales del presidente Lugo no solamente coinciden con los nacional socialistas en su programa económico, sino también en su programa racial.

No es, pues, ninguna novedad histórica, ni hecho extraño, que marxistas militantes sean, en realidad, reaccionarios, retardatarios totalmente dispuestos a restablecer el sistema autoritario, abolido en nuestro país el 3 de febrero de 1989.

De hecho, esa es la constante. Los marxistas han establecido, allí donde llegaron al poder, egregias dictaduras, entre las que destacan la de la familia Castro en Cuba y la de la dinastía de Kim Jong Un en Corea del Norte.

No creo que ninguna persona medianamente honesta se atreva a decir en público que la monarquía absoluta hereditaria de Corea del Norte es “progresista”. Ser partidarios de la monarquía absoluta hereditaria fue lo que definió, en el curso de la historia, el término “reaccionario”, y eso es lo que son Fernando Lugo y sus colaboradores más constantes y más íntimos.

En Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador están en camino de hacer lo mismo. Quien quiera entender lo que ocurre hoy en esos países no tiene más que recordar lo que había en Paraguay antes de 1989, aunque en beneficio del régimen autoritario paraguayo hay que decir que no tenía el componente xenófobo, chauvinista y racista que expone Eulalio López.

El grupo de partidarios del racismo y del autoritarismo que nos gobierna, encabezado por Fernando Lugo, ha resuelto apretar el acelerador a fondo, para intentar imponernos su programa de segregación, intolerancia y concentración del poder.

De nosotros depende mantener nuestras preciadas libertades o perderlas para repetir, una vez más, la larga pesadilla autoritaria que periódicamente sufrimos los paraguayos. Y en esto es fundamental no dejarnos engañar por los que disfrazados de “progresistas” reivindican cosas dignas de Adolfo Hitler y de Benito Mussolini.

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