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El arte de tragar sapos

Por Marycruz Najle

“Tragar sapos y hacerlo elegantemente, sin perder la sonrisa, es un arte mayor. Porque no solo hay que deglutir el bicho de panza fría , sino hacerlo con gracia y como si se estuviera uno comiendo el manjar más delicioso”.
Miercoles, 13 ABR 2011 - 02:00  |  
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“Política es el arte de tragar sapos... y culebras”. Y muchos políticos de todo el mundo, especialmente de América Latina, saben que es parte importante de la tarea que deberán asumir a la hora de decidir entrar en el fangoso mundo de la militancia y peor aún, cuando se ocupan cargos importantes en el gobierno de turno.

Tragar sapos y hacerlo elegantemente, sin perder la sonrisa, es un arte mayor. Porque no solo hay que deglutir el bicho de panza fría, sino hacerlo con gracia y como si se estuviera uno comiendo el manjar más delicioso. Todo se trata de práctica, nos dice al oído un político de esos que parece ser eterno. Aprender a “tragar sapos” es más útil que saberse la Constitución de memoria, según lo manda la política criolla; por lo menos, para permanecer en el ruedo, a pesar de que soplen los vientos huracanados de tanto en tanto.

No hace mucho, el ministro-secretario de Gabinete, Miguel López Perito, decía que por el Palacio (en los alrededores del poder) no solo se tenían que tragar algún sapo de vez en cuando, como tolerar que se nombre en algún cargo importante a un adversario ideológico o directamente le den el lugar ansiado para su rebaño al del otro bando. El ministro dijo entonces que por muchas veces han tenido que tragarse “tortillas de sapos”, graficando así las constantes negociaciones con la oposición y más de las veces, con sus aliados liberales, que más de una vez han sido más duros de roer que cualquier batracio.

Tragar sapos y culebras como si fueran fetuccinis a la putanesca, poniendo cara de estar tan feliz, es más fácil siendo un político que un técnico, o un profesional de otro “pedigree”, como suelen serlo los ministros de Hacienda o los científicos, por ejemplo. Abundan los casos de personalidades que han preferido la llanura e incluso el olvido, antes de someterse al aprendizaje de semejante cuestión.

Algunos, hasta son sorprendidos mientras dicen alguna cosa poniendo cara de “todo lo contrario” y eso hace que aumente la presión de los medios y de esos inquietos acosadores armados de micrófonos que son los periodistas.

Pero no es malo saber tragar sapos, si el resultado de esa comilona se avizora como prometedora de un camino sin obstáculos hacia los objetivos trazados de antemano, ya sea por el movimiento o ideología que uno representa, o porque lo dicta el momento de la historia.

Miren si no a José Sarney, un “animal político” que ha atravesado todos los tiempos y todos los caminos de la pre y actual democracia de Brasil y ahora, cuando sus canas teñidas y su saco impecable apenas ocultan sus muchas décadas sobre la tierra y en el ruedo político, sigue tan campante presidiendo el Senado de su país. Él fue presidente cuando lo de Itaipú se puso en marcha ¿se acuerdan? Él estuvo allí y siguió estando después de Collor, de Cardozo y con “Lula”.

¡Menudos dolores de cabeza le produjo a “Lula” su negociación constante con Sarney! Sin embargo, con esa gracia tan particular que lo adornó, el presidente de los “trabalhadores” se tragó más de una vez “el sapo” que aseguraba al viejo político, el lugar en donde no se convirtiera en el obstáculo imposible de atravesar. Y ahí estuvo Sarney, “acompañando” (literalmente) a la nueva presidenta electa, Dilma Rousseff en su entrada al Planalto.

En la política, no todo es válido, aunque lo parezca. No es lo mismo tragarse un sapo (o toda una omelette de batracios) en busca de un objetivo mejor y mayor, que atragantarse con cualquier rana, solo para complacer el capricho de momento o hacerle caso a la parentela o a los amigos.

Un buen político está siempre más cerca del artista que del que maneja el cañón. No gasta “pólvora en chimangos”, como se dice en la pampa, sino que la usa cuando el pato que vuela va a caer justo en su campo.

Y sobre todo, el buen político sabe elegir con precisión, en los vastos pantanos de la fauna y flora de las fuerzas en pugna, al mejor sapo y la más carnosa culebra, para deglutirlos poniendo cara de felicidad, mientras los demás aplauden.

Si no, dicen que no tiene nada de rico.

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