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Enamoradas del poder

por Marycruz Najle

“Mi abuela Isabel, ya  decía que las mujeres pueden hacer varias cosas a la vez, sin dejar de estar bien vestidas o arregladas, mucho antes de que eso se publicara en los diarios y se dictaran clases de autoestima”.
Miercoles, 23 MAR 2011 - 02:00  |  
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Mi abuela Isabel, o “Chabela”, como la llamaba mi abuelo, solía hablar de cosas que yo no entendía entonces a mis pocos años, pero ahora recuerdo con claridad cada vez mayor, a medida que me salen más canas y se me ilumina más la parte de adentro de la cabeza, donde vive el cerebro.

Ella, que vivió intensamente ligada a la política, las artes y sobre todo a la tierra, decía allá lejos y hace mucho tiempo, que las mujeres alguna vez iban a comenzar a ser protagonistas más allá de las carteleras de cine y como adornos bien peinados del brazo de un señor. Decía que uno de los problemas más grandes de las mujeres era creer que no podían ejercer el poder porque no estaban diseñadas para eso. “Esa es una mentira”- solía repetir cada vez que podía- “Las mujeres fueron mejores reinas que todos los reyes juntos”, decía. Y ponía como ejemplos a Isabel I de Inglaterra, Victoria y hasta a Catalina la Grande “De la que se dijeron muchas cosas malas para tapar lo buena que fue como gobernante”, según ella. Chabela insistía en que las mujeres cambiarían solo cuando aprendiera a enamorarse del poder, tanto como solían hacerlo de los hombres.

Ella admiraba las capaces de asumir una tarea no siempre “bien vista” por la entonces demasiado encorsetada sociedad. Hablaba con respeto de una doctora, Alicia Moreau de Justo, que se dedicó a cuidar mujeres pobres en su salud y derechos. También la escuché decir que  Eva Perón, “Evita”, era una mujer capaz, aunque estuviera en las antípodas de su pensamiento político, ya que la Chabela desconfiaba mucho de los generales metidos a política y era una ferviente creyente en un mundo socialmente amable y hasta utópico, diría yo.

Por eso, cuando vi a las mujeres como Dilma Ruseff , Cristina K, Angela Merkel y hasta Hillary, llegar a lo más alto entre los grupos de poder, pensé mucho en aquellas palabras que abuela Chabela nos dejaba sobre la mesa, cada vez que desayunábamos en la casona que ella comandaba como un general en permanente batalla contra su dolor como madre por haber perdido tempranamente a su única hija (nuestra madre) y la alegría por que la vida le había echado a los brazos otra lucha : criar a tres chiquilinas de las cuales yo era la mayor, con apenas 8 años.

No  recuerdo que ella nos haya contado un cuento de hadas – de eso se encargaba, junto con las canciones en piamontés –, el “Nono” Pasquale. Ella se ocupaba de hablarnos de la vida en el campo, de los personajes como su tío Andrónico que enseñaba a leer y a escribir en el monte, a escondidas de su bisabuelo, a los hijos de los peones. No recuerdo que nos haya prohibido alguna vez, traer amigas y amigos a casa. Lo único que  nos prohibía terminantemente, eran las  lecturas “dañinas para la mente de las chicas porque las convierte en estúpidas” como ella definía a las revistas de “fotonovelas” y las “Corín Tellado”.

Ahora, cuando veo a las mujeres que llegan al poder político o a ocupar cargos importantes en empresas y organizaciones civiles, la recuerdo con sus ojos negros y su ternura “mandona”, la misma  que usó para criarnos a nosotras tres y a otras muchas sobrinas que le iban apareciendo en la puerta siempre abierta de la casa. Hijas de sus hermanos que, como si fuera un rito, le encargaban a la inefable Chabela, la tarea de criar mujeres que hasta hoy la recuerdan con humor y respeto.

Mi abuela Isabel, ya  decía que las mujeres pueden hacer varias cosas a la vez, sin dejar de estar bien vestidas o arregladas, mucho antes de que eso se publicara en los diarios y se dictaran clases de autoestima.

Cuando alguna chica saca lo mejor de ella para concebir una película, una novela, un cuadro o gana unas elecciones, la veo sonreír como cuando ya tenía más de 90 años y se resistía a “dejarnos solas” o porque le gustaba “cómo iba a ser el mundo ahora, que hay televisión y noticieros”..

Por eso, cuando esta mañana me enteré por los diarios, que la esposa del actual presidente de Guatemala Álvaro Colom, y actual primera dama Sandra Torres, acaba de anunciar que va a divorciarse luego de 11 años de matrimonio solamente para poder candidatarse a la presidencia de su país, porque la Constitución de Guatemala (como la de acá) prohíbe que los parientes hasta la cuarta generación y los “cercanos”  de los presidentes se candidaten. Entonces, casi caigo en la trampa de juzgarla como si fuera solo una mujer con ambición desmedida.  

Busqué datos sobre ella y me enteré que fue fundadora del partido que postuló a su marido y que ella es una mujer política desde hace muchos años.

Más allá de que resulte un fiasco o una maravilla, y que los medios anuncien que es la primera vez en la historia que ocurre eso en América Latina, parece que la doña es una mujer de ésas a las que abuela Isabel solía hablarnos: una mujer que cree que se merece algo más que estar en la foto junto a don Álvaro. Una “enamorada del poder” que tal vez ejerza alguna vez, aunque para eso tenga que dejar de ser la señora de, para convertirse en sólo Sandra.

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