Por: Emmanuel Báez Rodríguez

@mrtenno

Hoy les quiero contar un suceso que puede parecer bastante trivial e intrascendente, de esos que pasan completamente desapercibidos por la mayoría, aunque tendría que ser todo lo contrario. Hace unos días tuvimos una reunión de padres especial, ya que la misma se realizó una semana después del fallecimiento del director de la escuela. La situación era un poco más triste de lo normal porque se trata básicamente de una escuela manejada por una familia de padres e hijos.

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Al final de la reunión, se nos acercó la directora y comenzamos a hablar sobre su marido y la historia del lugar; mientras, nuestra hija de seis años se encontraba jugando con sus compañeritos en el patio. La conversación se extendió hasta tal punto que los demás alumnos ya se retiraron con sus padres, por lo que nuestra pequeña se acercó sentándose a nuestro lado y nosotros seguimos hablando durante unos quince minutos más.

Al salir de la institución tenía una sola cosa en mente, algo que me había percatado ya varios minutos antes, y que me había estado inflando de orgullo. Cuando todos entramos al auto, miré hacia atrás y le dije con firmeza a mi hija lo contento que me puso el hecho de que no interrumpiera en ningún momento una conversación que era muy delicada e importante para nosotros, y que además no se mostrara irritada ni hubiera llamado la atención de ninguna forma.

Aunque con ella pocas veces tuvimos problemas de ese tipo, venimos recalcando en la importancia de respetar cuando dos adultos conversan, trabajando en métodos para desarrollar la paciencia y esperar turno. Se convirtió en una prioridad para nosotros porque nos parecía que uno de los escenarios más comunes entre padres e hijos pequeños en cualquier lugar público, es el de los niños correteando de un lado a otro, interrumpiendo constantemente, sin ninguna noción mínima del respeto. A pesar de no prejuzgar, no queríamos que nuestra hija entrara en esa categoría.

Esa actitud fue premiada y aplaudida el resto del día, otro punto que es sumamente importante y no sucede tanto como debería. Después de todo, los hijos solo tienen a sus padres o tutores para recibir un retorno positivo en cuestión de modales y comportamiento, y eso es entera responsabilidad de la familia, y no de la escuela, diferencia que muchos padres tampoco comprenden o quieren aceptar.

Quitamos varios mensajes de esta situación que, en el gran cuadro de las cosas, es solamente un pequeño punto, aunque creemos que resalta bastante. Lo más importante es destacar que los niños realmente entienden todo, y con un poco de paciencia y cariño, los buenos valores pueden pasar de una generación a otra, asegurando un mejor futuro para todos.

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